¿Olvidamos ver a la persona más allá de la etiqueta?

fe y libertad


¿Olvidamos ver a la persona más allá de la etiqueta? Sexo en la ciudad. (*Sex and the city)




“Yo, comencé a pensar en el matrimonio, detrás del velo, como una tradición que escoges. Pero que puedes decorar a tu manera. Porque, aunque el cine en blanco y negro es lindo, cuando se trata de relaciones hay toda una gama de colores y opciones que explorar. Y es lo que yo hago.” (Candace Bushnell)

Los seres humanos, en su generalidad, solemos olvidar ver a las personas más allá de las etiquetas: novio, novia, gay, lesbiana, casado, soltero, viudo, rico, pobre, joven, vieja, etc. Sino desde fórmulas o reglas impuestas a lo externo de nuestras propias individualidades. Y desde un protocolo que gobierna la misma sociedad.  Solemos definirnos y/o definir a los otros desde la burda apariencia que trazan los supuestos cánones establecidos.

La médula del asunto bordea juicios de valores. Envuelve la ética, lo bueno y lo malo casi siempre subjetiva. Y ésta malea la percepción del otro en sus derechos. Sus derechos a ‘ser’ y a hacer como quiera, sin que esto afecte su intercambio social. Los hombres y mujeres que prefieren ser profesionales antes que madre, padre, esposo-a tienen que enfrentarse a interrogatorios odiosos de familiares, “amigos” y desconocidos que no entienden sus procesos.

¿Quién dice que se debe tener hijos o casarnos a una edad establecida de forma obligatoria? Hay que recordar que tenemos diversos procesos de pensamientos. No todos perseguimos los mismos sueños. No todos podemos o debemos afrontar la tarea de dar vida y educar. No todos estamos preparados para ser padres o esposo-a.  A veces concluyo que entre el amor y la libertad, debemos escoger lo segundo si el amor nos apresa. Un poco el pensamiento de.Germaine de Staël,

Lo verdaderamente importante es conocerse a uno mismo para poder conocer a otro. Antes, es imposible amar de forma correcta.

Como amante del cine, y las artes escénicas en sentido general, valoro la complejidad dentro de la puerilidad de lo que se trata esta serie exitosísima, primero y luego llevada a la pantalla grande, “Sexo en la ciudad”, que nos pinta una ciudad, New York, que en particular, todos los que la conocemos la amamos y al mismo tiempo nos crea sentimientos encontrados. Y por otra parte nos mueve y conmueve con historias cuasi reales, que parecen sacadas de nuestros armarios sentimentales y del dia a dia.

Para los pocos que no conocen la historia trata sobre cuatro mujeres profesionales liberales, modernas y amantes, como toda mujer, de la moda, del estilo, de las calles nocturnas de Manhattan,  que buscan, el amor; desde las diversas ópticas o preferencias de cada cual; o sea, desde sus singularidades: Charlotte buscaba el amor perfecto. Miranda era una discípula del amor puro. El amor de Samantha era el sexo por el sexo. Carrie buscaba algo grande. Tan grande como su Mr. Big.

Ahora bien, cuando insistimos en el amor pasa como dice Carrie, sobre su amor a Big:
“Y aunque el tiempo nos ha movido, yo seguía estando exactamente donde estaba: enamorada.”

Y muchas veces hay que sopesar en las relaciones, justamente, ese  empeñarse en estar enamorados poniendo en riesgo nuestro bienestar, nuestra salud, nuestra felicidad con personas que no nos valoran, que no nos aman como queremos ser amados.  De modo que debemos concluir, a pesar de tener que pasar por la odiosa posición del ‘dejar ir’, del perder, del divorcio, de la muerte del amor.
Porque, puedo amarte, pero me amo más a mí. Y esa es la interpretación del hecho de que tantas mujeres y hombres inteligentes e interesantes están solos. Aunque los hay otros que subsisten en sus matrimonios como una pantalla ante la sociedad por cuestiones meramente económicas. En la vina del señor hay de todo.

En todo caso, siempre se trata de esa necesidad de dar y recibir amor. De conseguir ese estado ideal de armonía, convivencia y sexo seguro, en unos casos.  Y de perpetuarse y formar una familia donde reine el amor, la comprensión y la complicidad, en otros.

Ahora bien, puedo decir ahora, cuando ya no avergüenza desnudar el alma y el pensamiento, que siempre tuve miedo al matrimonio. Y dicen que cuando a una no le gusta la sopa, le dan tres tazas. Bueno, pues tres tazas, o tres matrimonios he recibido y de algo me tiene que servir, por lo menos para escribir algunas verdades que a algunos les calce. Y me detengo para citar a Carrie, cuando se pregunta lo siguiente:

 ¿Por qué estamos dispuestas a escribir nuestros votos, pero no nuestras propias reglas? Cuando las mujeres y los hombres coincidimos en unir nuestras vidas tenemos que transparentarnos ante el otro u otra. De qué sirve pintar en el aire una realidad inexistente cuando tarde o temprano la verdad sale a flote. No debemos  basar las relaciones en máscaras,  en presentarnos como seres humanos diferentes a lo que en realidad somos y esa es una de los hándicaps del futuro matrimonial. (Nótese que no discrimino porque pienso que tanto las mujeres como los hombres fuimos víctimas de un matrimonio que no deseamos en su momento).

Se dice que el hombre o mujer enamorado-a  son capaces de hacer todo. El que no baila, salta, el que no canta, recita, el que no cocina, hace BBQ…etc. Se mimetizan y tratan de encajar en la vida de una persona. Todo acto tiene su final, y la pantomima se cae con el telón.

Otro punto importante es que por un lado, el hombre no debe sentirse todo el tiempo como si estuviera fallando. Esto porque nosotras las mujeres tendemos a ser madres; y queremos, en nuestra absurda necesidad de controlar el decorado, el tiempo, los silencios, y hasta las actitudes de nuestros hombres hacerlos pensar que nos fallan. El hombre para sentirse feliz deber ser o creerse un súper héroe.

Pero la mujer se enfrenta a muchos desafíos. Debe ser esposa, madre, amante, ama de casa…y como  tendemos a ser perfeccionista elevamos la vara muy alta. Tan alta que se nos hace inalcanzable. Todo lo queremos para ayer. No somos flexibles y es ahí que vienen las ansiedades y los problemas. El hombre es frio, parece despreocupado pero es que no le da tanta mente al hecho. La mujer tiende a la neurastenia, el hombre es práctico. La mujer debe aprender del hombre y el hombre debe aprender de la mujer. En ese sentido es que se complementan.

Yo creo en la química entre dos personas. Creo en la atracción a primera vista pero creo, ante todo que las relaciones se construyen. Y que no hay almas gemelas sino gente con afinidades comunes que se enamoran. Que tienen que negociar con aquellas cosas que no soportan del otro. Conductas, costumbres, olvidos, detalles, de una parte y de la otra. La convivencia debe tratarse como una negociación bipartita. Entonces, definitivamente, como bien dice Carrie, o la autora en boca de este personaje, hay que hablar sobre las reglas en cada pareja.

Otro tema que hurgan en la película es el sentimiento de culpabilidad de la mujer profesional de hoy, dice el personaje de Charlotte: “Ser madre te agota. Pero los beneficios hacen que valga la pena.” Por supuesto que ser madre es maravillo pero todas, todas, en algún momento tiramos la toalla, o nos encerramos a llorar donde los niños no nos vean cuando hemos llegado a un colapso nervioso, ya por cansancio, ya por miedo cuando ellos están enfermos. Y está bien desesperarse. Está bien decidir o no cuidar o no, tener o no los niños.

Ser madre es duro. Las mujeres manejamos mucho la culpabilidad porque nos sentimos ineficientes, porque a veces no resistimos los gritos, las amanecidas, las diarreas, las visitas al médico,  las decisiones que nos vemos obligadas a tomar para que los niños no sufran el trauma de un divorcio. Las mujeres nos cansamos mucho y a veces ni siquiera tenemos a un esposo que comprenda eso y nos ayude en la labor de educar. Eso sí, nosotras las mujeres debemos aprender a dejar de lado el control con los hombres: que si las medias, la toalla mojada, que si las ropas, que si los pies en los muebles, que si la televisión, que vamos, que no vamos, que si la camisa o el pantalón. Que si olvidaron el aniversario, que si no hablan. Los hombres no saben de decoración ni de tantas repeticiones. Los hombres no son detallistas, claro, contadas excepciones. Lo ideal es un hombre sensible que sea macho en la cama y buen conversador. Pero es casi una especie en extinción, créanme.

El hombre es visual y la mujer auditiva, por tanto mientas somos felices con lo que nos dicen, y luego que nos consiguen, no nos dicen nada; tratemos de mostrar lo que ellos quieren ver de nosotras. No les exijamos que hablen cuando no quieren hablar. Acompañémoslo en esos silencios y no tratemos de interpretarlos. Aprendamos a callar y a acallar nuestros pensamientos; esa lora interior que no se cansa de hablar. Ellos odian eso.

Yo invito que, si existe el amor, tratemos de aceptar que hay cosas que no se pueden  cambiar en un hombre porque forma parte de su código genético. Que no nos sintamos culpables cuando pidamos unas vacaciones lejos de los hijos, que son necesarias. Finalmente que no juzguemos a la gente por su estado civil y por sus preferencias. Que no robemos la atención del otro con falsas personalidades. Que seamos siempre auténticos. No hay nada mejor. Que el aquí y el ahora siempre es mejor que el ayer. Que no sonemos con lo que pudo ser y no fue. No le quitemos valor al presente. Que del presente depende nuestro futuro. Sembremos para cosechar.

Y al final Carrie Bradshaw, la chica light, disoluta, de gustos extravagantes, siempre a la moda, amante de los zapatos; fumadora y errabunda se casó con John Prescott (Mr Big)  con un vestido sin marca, sin etiqueta “Vera Wang’’. Sin esa gran boda suntuosa con doscientos invitados y una gran carga de ansiedades. Mismas que no dejaron que su amado se presentara a tan importante ocasión. Y a pesar del plantón, ella logró sus sueños. Casarse con el amor de su vida; a pesar de los amores largos, eternos, a pesar de los rompimientos, a pesar de las diferencias sociales. A pesar de los controles y los miedos; pero tuvieron que ajustarse a sus propias reglas para poder insistir en la felicidad. De eso se trata:
De edificar sobre la base de nuestras idiosincrasias nuestras propias políticas para ser felices en el matrimonio.

*Sex and the city 1 y 2
Película homónima a la serie televisiva (1998-2004) HBO
Basado en el libro de Candace Bushnell



-Cuando escribes retas a la imaginación-
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